No pudo derribarlo; no le quedaban fuerzas.
Al no poder matarlo, aún le quedaba su magia, eso y nada,
que usó para sellar las puertas
a la antigua deidad dentro de esa odiada espada.
Le perdonaron la vida. Pero, por la eternidad,
su alma divina permanecería en ese anclaje.
Tal fue su castigo por esa atrocidad,
una espada enterrada como un sombrío mensaje.